La penumbra de Israel, reseña y análisis del documental Naza.
Esta semana llegó a cines mexicanos una película que habla más que sólo un cuento de ficción, Naza (2026), el largometraje documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, nos habla de un gobierno que necesitó de muros ideológicos para separar pueblos, entre el miedo real y el administrado, la obediencia religiosa injustificada, el victimismo de un suceso deshumanizante, y convertido en nacionalismo que se ha construído en la destrucción de Palestina como una inconcebible defensa propia, la matanza como supuesta necesidad histórica y el genocidio como una operación simple de seguridad.
Ambos directores también realizaron el galardonado filme de un Oscar, No Other Land (2024), que narra la historia de activistas palestinos que intentan mantener resiliencia al proteger un grupo de pueblos de Cisjordania reocupada de la demolición por parte del ejército israelí. En palabras del propio Abraham, Naza nos muestra una profunda oscuridad contada en 24 testimonios anónimos de militares y ex integrantes de los servicios de inteligencia de Israel, a comparación del rayo de luz que nos mostraba su anterior filme documental.
No necesitaron de cadáveres en primer plano, de morbo, tampoco requirieron una banda sonora monumental ni guiaron las emociones al público con un lenguaje cinematográfico. Simplemente ocuparon la penumbra de Tel Aviv, una cámara y lo más importante, la información.

Visceral sin Vísceras
Hay películas que te dejan triste y otras que te dejan encabronado, Naza es más. Hace ambas cosas a la vez. A diferencia de Museos o vídeos de internet, lo más duro del largometraje es que no hace falta ver las bombas caer para sentir el horror: basta con escucharlos hablar, a veces con una tranquilidad que hiela la sangre, mientras del otro lado quedan familias enteras bajo los escombros.
Afuera, la noche sigue su curso. En la franja de Gaza, a muchas personas les arrebataron hasta esa posibilidad. Más de 74 mil palestinos han sido asesinados por ataques israelíes desde el 7 de octubre de 2023, un reconocido genocidio a través de varias instituciones y organizaciones, y la película no pretende descubrir que el enclave está siendo arrasada y cómo el mundo contempla con manos atadas la destrucción en tiempo real.
Lucha contra el sistema
La reacción que ha suscitado el documental, incluidas las amenazas denunciadas contra sus realizadores por parte de sionistas e incluso del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, que impulsa precisamente una ley para quitar la ciudadanía a cualquier persona que “difame” a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) o al su país en el extranjero debido al filme de Abraham y Szor.
El antisemitismo es una realidad histórica y una amenaza que debe combatirse, sí; utilizar esa acusación para clausurar cualquier crítica a las decisiones de Israel, no; en cambio, impide distinguir entre el odio contra los judíos y el cuestionamiento político de una maquinaria militar.
Tampoco sorprende que alrededor de Naza se libre otra batalla, con la existencia de una contraversión impuesta por Israel llamada de manera similar, e imita también el formato y la imagen, “Naza: The Real Story”, que surge de directivos pro sionistas cercanos a la Netanyahu, y primeramente liberado como un sitio web falso que promocionaba a la propia Naza, nombrando a Abraham y Szor como directores y enumerando los festivales de cine donde se proyectaría el documental, informó una de las productoras, el rotativo The Guardian.
Evidenciar la autenticidad del genocidio (otra vez)
Bien, ya encontrado todo lo englobado, la ironía de tanta persecución es que el documental
no depende de una revelación explícita o inédita para producir su enorme efecto. Parte de investigaciones y testimonios que Abraham difundió desde 2023 en las publicaciones israelíes +972 Magazine, en inglés, y Local Call, en hebreo. Más que una reiteración de los hechos, nos explica que muchas veces el medio y la propaganda puede estar incluso controlado o no llega a donde tiene que llegar.
El cine no detiene una ofensiva, no devuelve las casas destruidas ni resucita a quienes han muerto. Sería otra forma de impostura atribuirle semejante poder. Pero puede hacer algo que la propaganda necesita impedir: devolver complejidad a quienes han sido reducidos a categorías y mostrar el mecanismo que convierte la violencia en normalidad.
En ese sentido, el filme se aproxima a una tradición documental que entiende la cámara no como una ventana inocente, sino como un instrumento para interrogar las estructuras del poder.

Doctrina Mortal y Tecnológica
Hay historias de ciencia ficción en las que se cuentan sobre Inteligencias Artificiales que se pondrán en contra de la humanidad, relatos terroríficos donde la muerte y la tecnología comparten un mismo ser. En las películas y libros son cuentos y fábulas que nos enseñan a reflexionar sobre el peligro excusado en progreso, y la ambición humana, pero ahora, en la vida real esto se ve peor de lo que se pensó alguna vez.
En Naza, militares israelíes relatan cómo la sed de venganza tras los ataques del 7 de octubre se convirtió en esta maquinaria de muerte en Gaza. A través de teléfonos intervenidos identificaban a presuntos integrantes de Hamas y localizaban sus viviendas, sin importar que mujeres, niños y ancianos estuvieran bajo el mismo techo, de aquí viene el nombre de la película, de “daños colaterales”, según la FDI.
Después, incendiaban las ruinas y, durante la hambruna, francotiradores disparaban contra palestinos desesperados por conseguir comida, a quienes describían como “hormigas”. “Era divertido, ninguno de nosotros dudó”, confiesa uno de los militares en el documental, quien recuerda que rechazaron recibir atención psicológica.
“Los nazis eran el diablo, pero, ¿qué soy yo?”
La Alemania nazi no comenzó en Auschwitz: necesitó antes un lenguaje que clasificara a los seres humanos, una burocracia que administrara su exclusión y una sociedad dispuesta a convivir con su deshumanización. La historia no se repite como una copia, y Gaza no es Auschwitz; pero hay lecciones del siglo XX que regresan con una obscenidad insoportable cuando la destrucción de un pueblo se justifica en nombre de la seguridad y se convierte en rutina.
El documental muestra cómo los sistemas tecnológicos convirtieron los ataques en una especie de videojuego, donde, según los testimonios, por cada presunto combatiente podían morir hasta 500 palestinos. Abraham sostuvo que denunciar estos hechos es una responsabilidad de los cineastas israelíes y llamó a enfrentar lo ocurrido para que los responsables rindan cuentas.
Szor explicó que la película se filmó de noche porque sus realizadores sienten que están inmersos en esa oscuridad, aunque todavía buscan una luz. “Las víctimas están fuera de cámara, pero nunca fuera de nuestra mente”, afirmó Abraham a medios europeos durante festivales.
El silencio como grito de Protesta
Acá viene lo interesante, el silencio es un gran instrumento en un largometraje y acá no lo desaprovechan para nada. De hecho, claro que nos evoca a Zona de Interés (2023), dado que el productor principal de NAZA, James Wilson, también está detrás de este filme que retrata la vida en Auschwitz bajo el mando de su comandante, Rudolf Höss.
El manejo es pesado de momentos, nos mantiene en una atmósfera tan bien colocada como lo es la seriedad del asunto propiamente, se juega incluso con la propia serenidad de las voces. Incluso nos recuerda lo que pasa con la ocupación territorial y esa presión constante donde un chillido, o un silencio puede ser de vida o muerte.
Aunque seas lejano al tema, te mantiene en perspectiva y fortalece mucho la sensibilidad del espectador respecto al tema y muestra la insensibilidad de lo que produce una guerra, un agravio que aunque parece lejano Medio Oriente, puede ser un futuro para muchas naciones.
No prepares palomitas porque es probable que hasta te sientas incómodo comiendo bajo esa falta de sonido.

Un minuto de silencio
Un vídeo de Netanyahu, describiéndose así mismo como terrorista de acuerdo a su terminología metodológica, nos mantiene en contexto político al mil por ciento, para terminar Naza logra mantenerte al filo del asiento con un información solamente, tal cual, con secretos. A mi parecer lo mejor logrado es la experiencia que te ofrece, porque es sumamente (no diría inmersiva) pero sí, surreal. Quien haya leído de historia comprenderá entonces, cuando se leía de guerras y víctimas, de masacres y genocidios, ahora con la nueva era de la inteligencia artificial y avances tecnológicos se siente de ese modo, agregale la parte de los vídeos y la viralidad de un testimonio, un documental con tintes de una distopía.
Rememora a esa descripción/cuento profundo escrito por Ursula K. Le Guin, donde esta civilización israelí vive en una maravillosa mentira, mientras inocentes mueren a tan solo unos pasos de sus propias narices.
Al salir de la sala, la pregunta ya no es si el espectador conocía las imágenes de Gaza. Las conocía. Naza no concede la comodidad de mirar el horror como si perteneciera a una geografía remota. Su golpe final, precisamente porque no necesita formularlo como consigna, es más severo: la barbarie no comienza cuando el mundo deja de ver; comienza también cuando aprende a mirar sin reconocer a quienes tiene enfrente.
Durante todo el documental nos bombardea de imágenes de la rutina, de esa comodidad dentro de un gobierno que busca estigmatizar y se encuentra en un genocidio, esa cotidianidad, ese “vivir de un modo placentero”, y con sólo se necesito un cachito de vídeo de la realidad de los palestinos (una muestra que sabemos es lo más suave que se podría ver de más testimonios de este genocidio), para demostrarnos todo y dejarnos con la boca callada.






