Hablar de esta cinta como si se tratará de una película más es una forma muy simplista de analizarla, no sólo como cinéfilo, sino como ser humano. La Voz de Hind Rajab está dirigida por Kaouther Ben Hania y narra el horror que fueron las últimas horas de vida de Hind Rajab una niña palestina que quedó atrapada dentro de un coche con los cadáveres de su familia durante un ataque de fuerzas israelíes, sin embargo todo está contado desde la perspectiva de los brigadistas de La luna roja, un grupo encargado de coordinar rescates civiles en territorio invadido.  La película es un infierno de hora y media que mezcla la realidad con la escenificación de todos los aspectos que no fueron grabados durante el contacto con la niña vía telefónica, porque sí, las llamadas que muestra la cinta son reales.  Así que el espectador esta escuchando las ultimas palabras de una niña que fue víctima de un genocidio.

Alain Resnais hizo Noche y Niebla (1956) para convencer al mundo de que el holocausto fue real y se convirtió en una de las películas más importantes de la historia ¿Quién diría que años después el mismo pueblo que fue oprimido en la guerra por los Nazis se convertiría en lo mismo que casi acaba con su gente? El documental de Resnais es importante por su forma de plasmar sin matiz alguna el sufrimiento humano, pero tiene un elemento que mantiene seguro al espectador dentro de toda su narrativa, la de ser una tercera persona que está viendo todo desde una tercera persona, uno puede ser empático, sin embargo esta es la barrera donde las imágenes se mantienen en lejanía. Además el tiempo es un factor que también protege al espectador de sentir ese sufrimiento como algo cercano. Es prudente hacer una referencia a ambas cintas porque plasman un sufrimiento de forma vivida y es aún más irónico el hecho de que el opresor en este presente fue la víctima en su momento.

¿Cómo encaja esta comparativa? Pues la respuesta la da la realidad, el gobierno israelí intenta convencer al mundo de que solo están combatiendo al terrorismo, que no hay inocentes en Palestina. Así que la importancia de esta película es igualada a la de Resnais por la forma en la que deja el testimonio inmortalizado del sufrimiento de todo un país en la voz de una niña, una voz real que sufrió, cualquier ficción podría ser reconocida dentro de esta temática, pero esta cinta rompe convenciones de ficción y del documental para crear un cine de denuncia que estruja el corazón con sus horrores.

La cinta no pretende ser un documental pero tampoco es una ficción que mantenga al espectador a salvo, cuando una película inicia con la leyenda “basada en hechos reales” uno se presta a tener un ojo más empático dependiendo del tema, pero más allá de todo eso muchas de estos filmes se mantienen dentro de las convenciones de la ficción, hasta que terminan y muestran un epílogo que cuenta qué pasó después en la realidad, pero para este punto, a muchas espectadoras y espectadores ya habrán olvidado que están viendo la realidad y aun si no lo olvidan la dramatización los protege de todo. Ya que se menciona la palabra “dramatización” usarla para describir lo que esta película plasma es hasta cierto punto despectivo por parte de la crítica que la usa, no hay drama, es una realidad y etiquetarla como un drama seria tachar de dramático el hecho.

Hay una escena en particular donde los brigadistas entablan un diálogo con la niña y su madre vía telefónica mientras la coordinadora de redes sociales graba todo, bueno, en la película, toman el metraje real de ese teléfono y lo ponen a escena, mientras los actores se ponen delante del teléfono en la pantalla de este se ven a las personas reales. Esto sumado a que en muchos momentos las voces de los actores son sustituidos por las voces reales de los brigadistas hacen que la palabra “drama” no encaje en una narrativa de sufrimiento real, y esto es rematado con el hecho de que la voz de Hind Rajab en ningún momento es una actuación.

El documentalista Everardo González, conocido por haber realizado fuertes e inquietantes documentales como La Libertad del Diablo (2017) y Una Jauria Llamada Ernesto (2023) dijo en una clase que el documental es la forma creativa de mostrar una realidad y podría aplicarse en esta cinta esa declaración, pero no pretende ser un documental. Es una paradoja que crea una nueva vertiente de plasmar la realidad de forma que los límites entre esta y la ficción se vean disueltos en un filme que no de cuartel al espectador en ningún momento, manteniéndolo en un bucle de desesperanza que se termina de romper con el constante recordatorio mental de “esto pasó tal y como lo muestran”.

Hablar del aspecto técnico es necesario ya que mientras otras cintas y documentales optan por dejar el lenguaje cinematográfico de lado esta tiene un manejo increíble del entorno escogido para usarlo a su favor creando planos que hablan por sí mismos, la oficina de la brigada está llena de puertas y paredes de cristal que contraponen a las personas de dentro y fuera de las habitaciones para dejar en claro sus dilemas y preocupaciones con lo que está pasando, así como emplear distintos niveles de profundidad para dar planos más narrativos.

La cinta se sufre una hora y media pero su realización es tan buena que hace que el tiempo se convierta en una amenaza más que una esperanza. Esta película es la más importante del 2025 junto a It Was Just An Accident, es dura de ver y evidentemente te hace apartar la mirada más de una vez a pesar de no mostrar visualmente lo que vivió Hind Rajab, pero su voz habla y duele escuchar cada segundo del metraje. Es necesario como sociedad que le demos voz a estas historias porque para eso es el cine también, una denuncia, en este caso una denuncia contra la hipocresía de un pueblo que se jacta de ser víctima del mundo pero que no duda ni un segundo en ser aquel que oprima el gatillo contra civiles ahora este legado de sangre será inmortalizado en una cinta que pasará a la historia por su disrupción y solemnidad ante la realidad expresada sin tapujos.