Imaginemos por un momento a un prisionero de guerra que será sometido a un tribunal internacional para determinar su ejecución. Este hombre se abre ante nosotros y descubrimos a un ser con sentimientos y un amor profundo hacia su patria. La película nos sumerge en la intimidad de este vínculo a través del Dr. Douglas Kelley, quien, en su intento por comprender la mente del criminal, termina conviviendo con la esposa de este, Emmy, y su pequeña hija Edda. Al observar la calidez del prisionero como padre y esposo, Kelley (y nosotros con él) siente una conexión humana que nos hace empatizar con su faceta más privada, incluso llegando a reconocerlo como un amigo… Sin embargo, este prisionero es Hermann Göring, el sucesor de Hitler. Es precisamente en este dilema moral donde nos sitúa la película Nuremberg: El juicio del siglo.

Bajo la dirección de James Vanderbilt, la trama se despliega como un complejo tablero de ajedrez donde la estrategia judicial se mezcla con el análisis psiquiátrico. La cinta avanza con un ritmo ágil y fácil de seguir además de tener un guión que destaca por definir con claridad las motivaciones de los personajes; cada acción y diálogo construye con precisión tanto su ambición externa como su necesidad interna. Aunque el ritmo es mayoritariamente frenético, el cineasta sabe cuándo detenerse para subrayar los conflictos emocionales, permitiendo que la tensión respire en escenas clave.

El corazón de la película reside en el duelo interpretativo entre Rami Malek, como el psiquiatra Douglas Kelley, y Russell Crowe, quien entrega un Göring magnético y manipulador. Ambos logran una química excepcional que hace verosímil la compleja e incómoda relación que sirve de eje a este thriller psicológico. No obstante, la fuerza de la historia no recae solo en ellos; el elenco de reparto es vital para dimensionar el proceso. Personajes como el fiscal Robert Jackson (Michael Shannon) aportan la visión legal necesaria frente a la psique nazi, mostrando las grietas de un sistema que busca justicia ante lo inhumano.

A pesar de esta solidez, la cinta incurre en ciertos excesos de sentimentalismo que frenan la narrativa de forma abrupta. Resulta cuestionable, además, que el desarrollo de algunos arcos de personaje y secundarios se reserve casi para el final, interrumpiendo el flujo natural hacia el clímax y debilitando el impacto de su conclusión.

Esa misma contención narrativa se apoya de forma magistral en el uso inteligente de los silencios. A diferencia de otras producciones, la cinta no satura las escenas con bandas sonoras innecesarias, permitiendo que la actuación, el peso de las palabras y las miradas de los protagonistas llenen el espacio. Incluso en su seriedad y crudeza, Vanderbilt introduce pinceladas de humor leve que funcionan como un respiro necesario para que la audiencia pueda digerir los temas más delicados de la trama antes de enfrentarse al veredicto final.

Finalmente, el tema central es de una complejidad abrumadora. La cinta no se limita a exponer los horrores del alto mando nazi de forma explícita, sino que se esfuerza en recordarnos que, para bien o para mal, estos individuos también eran humanos. Mostrar este lado personal no busca redimirlos, sino subrayar una verdad incómoda: los horrores del pasado fueron ejecutados por personas comunes. Es esta realidad la que dota a la película de una vigencia escalofriante, pues nos advierte que ese mal no es una característica exclusiva de un país, una cultura o una raza en particular, sino una condición inherente a la naturaleza humana que puede manifestarse en cualquier parte del mundo. Al mirar las crisis políticas y humanitarias actuales, la cinta funciona como un espejo que nos recuerda que la oscuridad de 1945 no es un evento aislado en la historia, sino una amenaza real, universal y profundamente contemporánea.