Hasta el fin del mundo
En la actualidad, el melodrama del cine mexicano suele transitar por rutas demasiado comerciales y de estéticas demasiado predecibles. Es por esto mismo que el arranque de “Hasta el fin del mundo”, ópera prima de Emiliano Castro Vizcarra, nos da una genuina sorpresa al darnos una introducción visualmente fuerte en donde se puede percibir el esfuerzo de manufactura y una fotografía que se logra distanciar de un estándar al que ya se está acostumbrado en el cine nacional comercial. Sin embargo, esta bonita carta de presentación pronto logra entrar en conflicto con una arquitectura dramática que tropieza por momentos con los clichés más recurrentes del drama lacrimógeno. Protagonizada por Aislinn Derbez y Mauricio Ochmann, la película se construye sobre una paradoja crítica, pues es sin duda una película visualmente bella y que contiene una potencia efectiva, pero opacada por fisuras en su estructura temporal y la falta de sutileza en sus diálogos.

La historia nos traslada inicialmente a la España de 1975, bajo el régimen franquista; un marco histórico que opera más como un decorado pintoresco y una justificación geográfica que como un motor político o social con peso real en el guión. Es en ese espacio y tiempo donde nace el romance juvenil entre Manuel (Mauricio Ochmann) y Esmeralda (Aislinn Derbez), que se ve interrumpido por una dolorosa separación. Diez años después, en el México de 1985, la trama se reactiva, Manuel se encuentra atrapado en una vida infeliz y en la inercia de un compromiso matrimonial inminente. Su frágil estabilidad existencial se fractura ante la inesperada llamada de Esmeralda, detonando un reencuentro tardío que obligará a ambos a confrontar los fantasmas y secretos que quedaron sepultados una década atrás.

Es en el guion, coescrito por el propio Castro Vizcarra y Melina Figueroa, donde la historia comienza a mostrar sus puntos débiles. La película sufre de una severa falla en su arquitectura temporal; la historia salta de manera algo caótica entre el pasado, el presente y los fragmentos de la ficción que el protagonista escribe. Esta falta de claridad en las transiciones hace que el espectador pierda la continuidad y lo obliga a descifrar cuál es la cronología, en lugar de sumergirse en la historia. Además, se debe mencionar que la película cae en un guion didáctico; los diálogos en ocasiones resultan poco orgánicos y sobre explicativos, donde los personajes verbalizan lo que la imagen debería establecer con claridad, subestimando al espectador.

Por otro lado, la construcción de los personajes nos muestra una asimetría, pues a pesar de los esfuerzos por dotar a Esmeralda de una complejidad dramática notable (una mujer que carga con estigmas y problemas de salud, pero que se manifiesta con una vitalidad explosiva), el guión termina por convertirla en un satélite narrativo, ya que se siente más como una herramienta de redención diseñada para catalizar la evolución psicológica y el arco dramático del personaje de Ochmann.

En el terreno puramente visual, la película ofrece sus mayores virtudes y, paradójicamente, sus deslices más evidentes. La fotografía resulta ser uno de los aciertos más notables que tiene. Castro demuestra su sensibilidad visual superior al estándar de la comedia y el drama comercial nacional. A través de una paleta de colores y una escala de planos bastante precisa, la cámara logra captar la magia más íntima y una expresividad en los rostros en sus momentos de mayor lucidez.

Sin embargo, esta virtud tan bien aplicada entra en conflicto con un montaje que es errático en momentos. La edición sufre de tomas parásito, tomas incidentales de apenas unos segundos (como el plano descontextualizado de la prometida de Manuel metido a calzador en medio de otra secuencia) que hacen que el foco dramático pierda su fuerza sin aportar peso narrativo real. A esto se le suma la falta de cuidado en la postproducción de audio; el diseño sonoro muestra fallas en los exteriores, pues en ocasiones los diálogos suenan artificialmente sobrepuestos y con cortes abruptos que delatan el microfoneo. Estas son las inconsistencias técnicas que, sumadas a la sobreexplicación dramática, provocan deslices tonales: secuencias de una solemnidad teóricamente trágica terminan por provocar una involuntaria comicidad en la audiencia, rompiendo la tensión y el pacto de verosimilitud con el espectador.

En última instancia, “Hasta el fin del mundo” se planta como una obra contradictoria que va entre la ambición estética y la inercia de lo cliché. Si bien la cinta tropieza en sus aspiraciones históricas y además hereda fórmulas melodramáticas ya vistas en dramas juveniles internacionales como “Bajo la misma estrella”, la película posee un innegable corazón efectivo. Este logro es en gran parte gracias al compromiso de la dupla protagónica: Mauricio Ochmann entrega una de sus interpretaciones más maduras al equilibrar con solvencia el timing cómico y la gravedad dramática, mientras que Aislinn Derbez defiende con solvencia un rol complejo dotado de una difícil dualidad trágica y luminosa, aun cuando el guion la relegue a ser un satélite de redención. Con todos sus notorios baches de montaje, deslices sonoros y diálogos didácticos, la ópera prima de Emiliano Castro Vizcarra triunfa en una de las cosas más importantes que debe tener este tipo de película: posee una fuerza emotiva lo suficientemente fuerte para poder atrapar a la audiencia y llegar a conmoverla genuinamente con su desenlace. Es una propuesta imperfecta, pero que demuestra que el cine comercial nacional puede y debe aspirar a ver más allá, a poder entregar una plástica visual mucho más propositiva.







