Juana es el primer largometraje dirigido por el renombrado actor mexicano Daniel Giménez Cacho. Está protagonizada por Diana Sedano y Margarita Sanz. El guion está escrito por Emma Beltrán, de nacionalidad española. La cinta narra la historia de Juana, una mujer periodista que ya ha perdido varios seres queridos por investigar sobre los lazos existentes entre un senador y una red de tráfico de personas, de la cual una de sus vecinas fue víctima.  A la par de esta trama, el guion presenta paralelamente la historia de Juana como víctima de abuso desde pequeña por parte de su padre y el silencio de su madre y hermano ante esta situación.

Hablar de dinámicas de violencia y crimen organizado es uno de los tópicos más comunes en el cine latinoamericano por la forma en la que hemos sido un pueblo oprimido y siempre en búsqueda de justicia por todas las atrocidades que como sociedad debemos enfrentar. Ya sea como documental o como ficción, el hablar de la huella de dolor que tenemos como gente común es un deber del artista, ya que toda expresión artística es un acto de resistencia en países como México. Películas recientes como Sujo (2024), Sin señas particulares (2020) o Ruido (2022) han sido parte de una oleada de cine que expone realidades insoportables de digerir para el espectador. Juana es una cinta que tiene el enfoque de este grupo. Sin embargo, de primera instancia se nota el desentendimiento de este tipo de problemáticas por parte de Emma Beltrán a la hora de desarrollar la historia. Sí, está presente la crueldad de las personas que cometen el crimen, pero hasta ahí se quedará; expone el problema de una forma inocente en el sentido de cómo se resuelve la historia.

La protagonista es abatida toda la cinta y, para el último cuarto, todos los problemas le son solucionados y entregados por personas que tienen poco o nulo desarrollo en todo lo anterior. Se podría decir que este desentendimiento es algo que parte la película en dos, con historias cuyo eje central es la violencia de género, pero por esta ambición de abarcar muchos matices del problema, se queda con dos cintas distintas con un desarrollo a medias, que apresuran su resolución antes de que el espectador pueda cuestionarse todo lo que acaba de ver. Los tres ejemplos mencionados anteriormente tienen un cierre redondo en sus problemáticas debido a que las guionistas saben que este tipo de horrores son más que solo resoluciones sencillas; la complejidad de la realidad es palpable. Mientras que en Juana se siente artificial el desenlace del caso de la red de trata de personas, la escena final incluso pareciera ser el instante en el que tanto el director como la guionista se dieron cuenta de que la problemática se resolvió muy fácil; el epílogo es un parche narrativo y de verosimilitud por la ambición de plasmar la realidad.

Por otro lado, la trama de la violencia doméstica tiene un desarrollo por momentos atropellado en cuestión de la percepción del tiempo; incluso choca con la otra trama, ya que es un ir y venir sin consecuencias que enreda. En general, la historia se desboca de una forma estrepitosa que termina por ser reiterativa y poco profunda en sus temáticas.

Los aspectos positivos de la cinta son las actuaciones de las protagonistas al componer a personajes llenos de matices e historias que se pueden sentir. Margarita encarna a dos mujeres diferentes en la vida de su hija; la primera es una mujer con la mente fragmentada por la enfermedad y el paso del tiempo, la cual sabe que tiene un trauma por las atrocidades que no impidió. La segunda es una mujer que trata de mantener a todas las partes de su familia unidas, aun cuando sabe la bomba de tiempo que son entre todos.   Diana Sedano compone a una mujer llena de ira y tristeza con escenas poderosas y muy agotadoras emocionalmente hablando; su dolor se siente real y su forma de reaccionar es coherente para sus traumas y urgencias. Ambas actrices llenan la pantalla con interpretaciones fascinantes, pero una vez más, esto se ve frustrado por el desarrollo del guion, que no deja que estas emociones y personalidades tengan el arco que las vuelva trascendentes.

La dirección y encuadres están pulidos de una manera magistral; en particular, hay mucho juego con el uso de espejos como parte de un elemento narrativo que eleva la dirección y fotografía, pero no la historia. Hay un respeto notable por el trabajo del diseño de producción, ya que los espacios se sienten habitables y no grabables. También hay una gran cantidad de planos secuencia que recuerdan mucho a cómo André Bazin describe las funciones del montaje cinematográfico; no como una salida fácil de la escena con un plano/contraplano. Sino como una situación vivencial digna de ser representada como en su realidad, pero una vez más todo esto se ve detenido por el guion.

Hay un dicho común en producción cinematográfica, el cual es: “Un mal director difícilmente va a arruinar un buen guion, pero un buen director no levanta un guion desastroso”. Se podría decir que esta cinta es el ejemplo de la segunda condición de este enunciado. Tiene elementos fotográficos, de dirección y actuación asombrosos y llenos de una intención fuerte y profunda; sin embargo, caen de manera estrepitosa cuando son puestos en una historia que no decide su enfoque y desconoce en su totalidad la situación de un país que está en llamas y lleno de injusticias.