El día finalmente está aquí. Este dos de octubre de 2026 llega a cines Digger. La nueva película del director mexicano Alejandro González Iñárritu, protagonizada por Tom Cruise, Sandra Huller, Riz Ahmed y John Goodman. Esta comedia narra la historia de Digger Rockwell, un codicioso petrolero quien, tras recibir la noticia de que la explosión de una de sus plataformas causará la muerte de miles de millones de personas, decide tomar cartas en el asunto sobre cómo evitará que eso pase (y, en dado caso de que no logren impedirlo), cómo se resolverán las consecuencias y, más importante para él, cómo se lidiará con la culpa de lo ocurrido ante el ojo público.

Después del estreno de Bardo (2022), al director mexicano se le clasificó como pretencioso por los temas a los que cree dar respuesta en la cinta, cuando su contexto alejado de la sociedad mexicana no se lo permite, creando un desatinado diálogo con el espectador sobre su situación.  Sin embargo, yendo más a fondo, la cinta, más que querer narrar los problemas sociales de una sociedad de la que lleva años desconectado, narra la historia de un hombre que nunca entendió su legado como artista, como mexicano y como humano en general. Es importante mencionar a la cinta predecesora de Digger porque de legado, comedia y arte va su discurso, aunque al principio no lo parezca. 

Abordando la sátira desde un tema más general como lo es la crisis mundial actual, cuyo destino, resolución y destrucción depende de las personas más adineradas y codiciosas, Digger crea un diálogo en el que se establece que, si bien estos hombres son los causantes de la destrucción del mundo. También hay una crítica hacia la sociedad en general, en donde consumir lo que nos destruye es parte fundamental de este problema; somos una sociedad consumista. La cinta no solo aborda el discurso de señalar a los culpables y, a su vez, a quienes permitieron que crecieran hasta donde están hoy en día. 

El personaje de Rockwell es un cínico que sacrificaría a todos los que lo rodean con tal de seguir explotando sus riquezas. Hasta ahora, todo parece indicar que la cinta ya tiene suficientes elementos para poder desarrollarse de manera íntegra y sin dificultad narrativa. Tiene la historia del destructor del mundo intentando salvarlo y al mismo tiempo queriendo limpiar su imagen de lo ocurrido. Aquí es donde el secreto de la película y los tráilers se revela. Tom Cruise no solo interpreta al magnate; a su vez interpreta a Clark, un actor en una obra de teatro sobre el desastre que Digger ocasionó hace 25 años. 

Si alguien solo ve los tráilers, creerá que la película tiene todas sus cartas al descubierto. Sin embargo, muchas de las escenas presentadas ni siquiera salieron en el corte final. Incluso muchas de las tomas que aparecen en los avances son falsas, escenas por las cuales muchos creyeron que se trataba de una película musical cuya naturaleza “trataron de esconder” porque se sabe que a Hollywood no le gustan mucho los musicales. Pero al final, esta estrategia sirve para abordar el segundo nivel de la cinta, cuya tesis es: “Conocen los hechos, no la historia”. 

Analizando incluso esta forma de vender la película, se podría decir que la ficción dialoga meta filosóficamente con el espectador, alterando la imagen de un hecho, como lo es la promoción del producto en sí ante un público que conoce o se le ha anunciado otra versión del mismo. Por lo tanto, aquí ya se tienen más lecturas además de las planteadas por la cinta: profundiza en la verdad, el papel de la sociedad en la decadencia mundial y los rezagos emocionales de la humanidad tras la tragedia. 

A esa ecuación se suma Jesse Plemons interpretando a Kenny, productor de la obra. Quien revela el último giro de la trama principal de la cinta. Creando un debate sobre cómo es que los hechos de una tragedia pueden ser abordados como una comedia. El dilema parte de una incomodidad de Clark por interpretar a una persona real y cruel desde el propósito de hacer reír a la audiencia. Aquí se juntan los dilemas planteados en Bardo (2022) y Birdman (2014) en un nuevo ángulo: El arte como catarsis colectiva ante la impotencia del habitante promedio al ver cómo las personas deciden el destino de su vida. 

La función del arte en la vida tiene muchos matices, entre ellos, exponer, criticar y amenizar la realidad. Es increíble cómo Iñarritu logra darle un significado a la función de la ficción en su ficción y extrapolarlo a la realidad. La sátira burlesca es lo que nos queda cuando las situaciones nos rebasan. Durante su último acto, Digger cambia su exploración y crea un decreto: cuando ya no se tiene nada a que aferrarse, el arte estará ahí para ofrecer una ventana a las emociones de quien lo ve. 

Haciendo una ejemplificación de cómo sería llevado este concepto con la realidad, se podría decir que es el equivalente a crear una obra de comedia de seres asquerosos como Donald Trump, Javier Milei, Nicolás Maduro o Benjamin Netanyahu. Personajes odiados, moralmente detestables, que tienen en sus manos el destino de miles de humanos, seres cuyo actuar siempre se verá condicionado por su situación socioeconómica, y cuando el actuar no se puede realizar, solo queda refugiarse en el arte, para expiar todo sentimiento interiorizado por la rutina. 

Tomar estos casos no es gratuito, ya que en los últimos días ha existido una campaña de desprestigio hacia la cinta por los temas que toca, calificando al director como una persona que intenta dar una opinión al respecto de un tema que no conoce. Sin embargo, su universalidad le compete a cualquiera, así que tener este punto de vista que tacha de desatinada la función de la cinta niega los matices de la realidad, o sencillamente no contrapone visiones más allá de las institucionalizadas; hablando claro, estrictamente de la parte satírica a los personajes que desmenuza y crítica. 

Recordando la filosofía de Walter Benjamin, el momento aurático en el que un espectador logra conectar con una obra y con su autor es una situación sagrada que permite establecer ideas y discursos cuando el perceptor genera una emoción por lo que ve. Ahora esto es llevado a una escala de cuatro niveles metafilosóficos: Clarke con Digger, Digger con sus acciones, el presente contra Digger y, por último, el perceptor con la película de Iñárritu. 

Si bien el concepto de la metaficción es algo que se ha explorado con anterioridad, en muchas de estas cintas se pierde el mensaje por darle prioridad a la forma. El ejemplo más claro es Asteroid City de Wes Anderson (2023), en la que se intenta abordar una historia en capas de ficción que termina por eclipsar el concepto del propósito del actor ante lo que este experimenta en escena. La ambición de Anderson falla por priorizar el ¿cómo? más allá de buscar el propósito en su ¿qué?

En lo escrito, la cinta toma los conceptos que el director británico Stanley Kubrick plantea en “Dr. Strangelove” de 1964 y los transporta al presente, cambiando la Guerra Fría por la Guerra Climática. En el guion, el director mexicano regresa a colaborar con Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, con quienes ha participado en producciones pasadas; también se integró a esta mesa de escritores Sabina Bergman, ganadora del premio nacional de periodismo y el premio nacional de dramaturgia Juan Ruiz Alarcón. La dramaturgia del texto es asombrosa y cuidada, con la dosificación de información tan bien establecida y planteada que fácilmente los dos planos de su construcción podrían ser dos filmes diferentes.  

El trabajo artístico de la cinta es impecable; directamente hablando del diseño de producción, es increíble cómo cada escenario cuenta con un estilo de utilería y escenografía saturado, sin caer en el hastío visual, un uso barroco de elementos empleado de manera deleitable. Todos los elementos enriquecen la composición y ambiente de la cinta; incluso el espacio vacío es bello de ver. La colorimetría de la cinta es deslavada en las escenas dentro de la ficción, como un recuerdo visto a través de una pintura antiquísima deslavada. 

La cinematografía a cargo de Emmanuel Lubezki es versátil; se nota mucho su estilo en las escenas de plano secuencia. Sin embargo, construye dos mundos diferentes en la ficción. Los encuadres de Iñárritu junto a la forma de iluminar del Chivo crean un símil con el cine del director Roy Andersson y el fotógrafo Gergely Pálos en las películas: “A Pigeon Sat on a Branch Reflecting on Existence” del 2014 y “About Endlessness” del 2019. En estas cintas, los planos sin grises y desaturados están hechos con ópticas amplias, dejando que los actores se muevan dentro del espacio como en un hábitat. Los planos medios y cortos delatan el estilo de Lubezki, que recuerda mucho a Birdman. 

El fotógrafo se aleja de la explotación de la luz natural para entregar un trabajo en un ambiente más controlado; es ahí donde su sello desaparece para fusionarse con la obra. Mucho se habla de que El Chivo es uno de los pocos cinematógrafos que son los autores artísticos de las obras en las que participan; aquí su ataque se vuelve medido y silencioso, pero siempre presente; su sello sale a la luz en secuencias importantes.  

La dirección de actores y el casting son asombrosos. Todos los miembros del elenco entregan una actuación digna de nominación, dinámica, divertida y creíble dentro de las múltiples facetas de la ficción: actores actuando como actores interpretando a magnates. Esta caricatura de políticos nos entrega a un John Goodman en una de sus mejores interpretaciones, recordando a su enorme trabajo con los hermanos Coen. Sandra Huller encarna al aspecto más solemne dentro de la obra, y sin embargo su actuación exuberante se siente genuina, muy diferente a su trabajo habitual en películas más solemnes como Anatomy of a Fall o The Zone of Interest (ambas de 2023). 

Jesse Plemons entra en una de sus zonas más cómodas, personaje extraño e introvertido que, cuando la trama lo requiere, explota, pero no es una explosión que recuerde a su interpretación en Bugonia de Yorgos Lanthimos; aquí su expansión va más como una moderna y elegante catarsis emocional. Riz Ahmed destaca muchísimo en su interpretación como un científico frustrado contra un statu quo que le impide actuar con ética. 

Finalmente, Tom Cruise. Luego de estar varios años alejado del cine de autor, finalmente regresa de la mano del director mexicano para buscar su estatuilla dorada. Los dos personajes que entrega en la cinta son interpretados de manera maravillosa, partiendo de la corporalidad y el uso de acentos, ya que Digger es del sur de Estados Unidos y Clarke no. 

Mucho se habla de que es su mejor actuación desde Magnolia (1999) de Paul Thomas Anderson, pero la realidad es que, desde entonces, Cruise no ha participado en cintas que le permitan construir personajes así de complejos; el héroe de acción se convierte en la encarnación de la avaricia y de la voz actoral en la misma película. Su interpretación cuenta con un sinfín de matices que incluso el personaje de Jesse Plemons hace reconocimiento a la hora de referirse al trabajo de Clarke como Digger: “Era aterrador y divertido a la vez”. 

La octava película de Alejandro González Iñárritu llega con otra propuesta de ambición narrativa y visual que muchos podrían clasificar como pretenciosa, encasillamiento fulminantemente desatinado, ya que esa pretensión es ambición. Citando a la crítica Fernanda Solórzano: La pretensión es creer que como autor se tiene la respuesta a todos los problemas del mundo en la obra; la ambición abre la puerta a una conversación sobre cómo hallar estas respuestas. 

Digger no pretende dar respuesta a los males del mundo y del papel de la ficción en la realidad, sino que explora distintos matices de ambas vertientes para dialogar con el público, pero cuando el discurso se torna hacia la forma más que al trasfondo, como ocurre en Asteroid City, se pierde el rumbo y el mensaje queda en el fondo del mar de opiniones. Incluso Iñárritu llegó a experimentar este fenómeno con Bardo, durante los segmentos en los que se hablaba de la vida en México. 

La cinta sin duda generará conversación sobre las intenciones del director en cuanto a su forma y a su trasfondo. Sin embargo, es imprescindible mantener el ojo en lo que trata de decir más que en el cómo, ya que la cinta es más que ella misma y sin duda es una de las experiencias cinematográficas más impresionantes del año, por lo que es imprescindible verla en cines en la pantalla más grande que se pueda.