Varias primeras veces: entre una marea agitada y la dirección de los silencios
Entrevista con Emmanuel Lapin
Este año se cumplirán más de seis desde la última vez que conversé con Emmanuel Lapin. Fue entonces, en plena pandemia, cuando las contradicciones se volvieron terreno fértil: algunos las asumieron como nuevos lienzos para experimentar, mientras otros se resistían a ellas con escepticismo. ¿Teatro en línea? Sin embargo, la historia siempre ha estado hecha de tensiones y paradojas. Cada avance tecnológico vuelve a colocar sobre la mesa la misma pregunta inevitable: ¿cuál es el costo que deberán pagar las bondades de toda innovación?

Bogotá es un pixel
En esta nueva conversación, Lapin nos cuenta que algo de ese debate está relacionado con su más reciente trabajo como actor en El mar es un pixel, dirigida y escrita por David Gaitán. Esta obra versa sobre dos líneas temáticas que son: por una parte, el honor en el mundo contemporáneo y por otro lado, la tecnología como factor reconfigurador de la vida en sociedad. Entonces el actor asegura que su mejor decisión es adoptar una postura crítica frente a la ambivalencia de la tecnología:
“Intento ver pros y contras a diario; reconozco la utilidad de las redes y su capacidad de conectar y de democratizar ciertas formas de comunicación; pero al mismo tiempo identifico que pueden suponer un espacio de manipulación, de desgaste emocional y de distorsión de lo social; y sería difícil resolver esta contradicción, por lo que es mejor habitarla, manteniéndose alerta. Es una ética de la incertidumbre que no trata de rechazar la tecnología, sino de convivir con sentido crítico”, comenta.
A propósito de su trabajo en la obra, el también músico reflexiona sobre el presente lleno de incertidumbre, al que cataloga como un ecosistema emocionalmente inestable. Parece que el debate del papel de las redes sociales no se ha superado, ya que siguen siendo espacios donde las emociones se intensifican, amplifican y capitalizan. Lapin asegura que las dinámicas, muchas veces, son viscerales y mantienen al usuario dentro de un circuito confrontativo; un territorio vacilante donde se difunden los límites entre lo público y lo íntimo, entre la crítica y el linchamiento. “Estamos en momentos donde el mar es agitado”,asevera.
Sobre habitar las circunstancias, en estos últimos meses, Emmanuel se está enfrentando a varias primeras veces. Con El Mar es un pixel, es la primera vez que participa en un montaje de David Gaitán —que según sus palabras, es un sueño cumplido—; además de que es la primera obra con la que trabaja como actor en el extranjero; ya que durante los últimos días de marzo se presentaron en el teatro Cafam de Bogotá, Colombia, como parte del Festival Internacional de las Artes Vivas.

El cuerpo como espacio para el sonido
Y en estos mismos días, ha enfrentado su primer reto como director de una obra; con un trabajo escrito y actuado por Valeria Navarro, Una Voz, que tiene una breve temporada en el Teatro El Milagro. Frente a una marea turbulenta que representa mucho de lo que se vive y se escucha en el mundo hoy, para este unipersonal, Emmanuel dice que decidió soltar la saturación y plantear un teatro más esencial que no necesite la espectacularidad del mundo digital, sino que tome al cuerpo y a la voz como protagonistas de una historia que no acumule elementos sin necesidad.
“Respeto a quien se decante por un arte casi barroco, con muchos elementos y con exceso, porque alguna razón estética tendrá, pero yo no concibo al teatro así en estos momentos. Y no es solo una decisión estética sino también una postura ética ante un mundo sobrecargado, reducir puede ser una forma de resistencia; donde se preste atención a lo fundamental: al poder de una persona parada en el escenario contando historias”,comenta respecto a las decisiones de dirección de esta obra que, por cierto, surge del taller de unipersonales que ha impartido en La Casa del Teatro desde hace ya algunos ciclos.
Después de explorar su artisticidad a través de diversos montajes y proyectos, algo que ha perdurado en el núcleo de su personalidad es el sonido. Ahora, como director, Emmanuel, busca traducir el sonido en presencia física; que no solo sea un sonido que se nombre, sino uno que se reproduzca, que sea visible y tangible. En Una Voz, buscó que el cuerpo de la actriz fuera ese lugar donde el sonido ocurre y que no sea solo un recurso técnico, sino un archivo íntimo:
“La voz y el sonido son construcciones complejas, atravesadas por la familia, la ciudad, la historia personal. Por eso, con Val Navarro no busco simplemente reproducir sonidos de la memoria de una ciudad de México de los 90s, sino comprender cómo el sonido tiene capas de identidad, de experiencia, de afecto. Entonces la escena se convierte en un espacio de reconstrucción sonora donde lo biográfico y lo colectivo se entrelazan”, explica.
Al cuestionársele sobre el silencio como elemento de un panorama sonoro complejo, comentó que este no significa vacío, sino una condición de posibilidad. En términos musicales, expresa que el sonido solo puede organizarse si existe una pausa que lo delimite, y esto lo traslada a escena donde el ritmo se crea con intensidades, pausas y variaciones, construyendo una experiencia para el espectador: “el silencio no irrumpe la acción, sino que la sostiene, la articula y le da forma”.

La incertidumbre persistirá
Es tal vez en la incertidumbre donde las temáticas de ambas obras se conjuntan. Uno de los momentos más reveladores en su proceso es el reconocimiento de lo extraordinario que resulta, incluso hoy, algo tan cotidiano como la voz grabada. Lapin recuerda cómo, en sus orígenes, la posibilidad de registrar sonido generaba temor, era percibida como algo casi sobrenatural. Esa distancia histórica permite dimensionar el presente: lo que hoy parece trivial: un audio, una grabación, una voz sintética, es en realidad el resultado de un proceso complejo y fascinante, pero también incierto.
Y ante esta condición, Lapin se sostiene a su teatro que le es un espacio de certezas, un territorio de exploración, de prueba y de error. “El teatro es para mí como un hámster, es decir un movimiento constante, que no se detiene, que sigue buscando; es el lugar que representa mi espacio más creativo”, finaliza.







