Hamnet: cicatrices de tinta y papel
¿Cómo transmitimos nuestras historias de vida a través del arte? Esa es una pregunta que me parece pertinente para definir aHamnet, la película nominada al Oscar 2026 de la directora Chloé Zhao, una historia basada en la novela homónima de la escritora Maggie O’Farrell. Aquí conoceremoslas heridas profundas del duelo en un retrato onírico descorazonador sobre la familia de William y Agnes Shakespeare, cicatrices de tinta y papel en torno al amor y la muerte.

Memento mori, memento amoris (recuerda que perecerás, recuerda amar), dos de las frases más emotivas que nos dejó la película de 28 años después (Dir. Danny Boyle, 2025), bueno, pues esas líneas enmarcan los sentimientos que te deja ver una obra como la de Hamnet. Dos conceptos complementarios, a los que muchas veces tratamos de darles un sentido lógico, por más que parezca un esfuerzo fútil: amor y muerte, dos elementos ligados al trabajo de Shakespeare, pero entendidos desde la mirada de la verdadera protagonista de esta película, Agnes.
Conocemos a Agnes a los pies de un árbol enorme, que pareciera sacado del manga de Shingeki no Kyojin, acurrucada entre sus raíces, como una manzana recién caída que no desea alejarse del manto que la protege. Desde esta escena entendemos que el foco de la historia estará ligado a su vínculo con la naturaleza y la representación conocida de la madre tierra, siendo Agnes el elemento rebelde, maternal y encantador de un mundo sentenciado por la promesa eterna del progreso y los convencionalismos conservadores.

Por su parte, también conocemos el mito de Shakespeare, alguien marcado con las heridas de un entorno familiar asfixiante, traumado por la violencia y las expectativas de una vida que no desea. Es en esa rebeldía, en esa contrariedad, donde el amor surge entre dos personas que no quieren seguir los pasos de sus familias, dos personajes que desean salirse del molde por los designios misteriosos del destino y en los que podemos ver como Romeo y Julieta tuvieron nombre y apellido: William y Agnes Shakespeare (Paul Mescal y Jessie Buckley).
Pero, lejos de la visión romántica idealizada, en esta cinta se hace un esfuerzo fenomenal para entender a las personas. Vemos las etapas de William y Agnes en su fiebre de noviazgo, en sus primeros pasos como un matrimonio “funcional” y, quizás, la etapa más importante de todas: su momento como padres de familia.
Hacía tiempo que no lloraba tanto con una película, el nivel de empatía que tienes con la familia Shakespeare está brutal. Entiendes la paciencia y frustración de Agnes como madre y esposa de un bohemio que peca de padre ausente, quien está ensimismado en la trascendencia de su trabajo; pero, al mismo tiempo, entiendes la perspectiva de un padre cariñoso que desea estar con sus hijos, al verse en ellos una crianza encantadora por parte de sus padres, a pesar de los obstáculos.

Ver a esta familia es muy bonito, al punto que te dan ganas de abrazarlos y desear que lleguen a estar juntos en todo momento, pero… por algo existe el término “shakesperiano” para referir a un evento dramático comúnmente marcado por la tragedia, y es en esta parte donde Hamnet deja de ser un drama de época para transformarse en un retrato crudo del duelo, enmarcado en planos que juegan con el surrealismo teatral y con una actuación desoladora de Jessie Buckley.
Es interesante el tratamiento que se da a la maternidad en esta película, la edición y el audio juegan para ver un montaje ritualístico, que por momentos pareciera sacado de una película de folk horror, en especial por el vínculo de Agnes con la naturaleza en el que vemos su etapa como una madre que trae consigo las enseñanzas de sus antepasados en pro del cuidado y el amor, donde incluso se le llega a tachar de bruja.
Es a partir del duelo de los personajes que vemos la profunda cicatriz que deja en estos la pérdida y cómo al final la tragedia de lo inesperado sirve para recordarnos nuestra propia fragilidad como seres humanos, sin importar edad, estrato o condición. La muerte es la única certeza que existe y el silencio es lo único que queda después, esa es la lección más cruda y probablemente la más realista que deja esta película.

Pero, es precisamente ahí, en el cómo nos muestra la pérdida esta obra, que la creación artística sale a relucir para conectar con otros. El clímax de Hamnet se siente como una despedida honesta hacia las personas que ya no están entre nosotros, que viven en los recuerdos y en la representación que existe, en este caso, dentro del trabajo de William Shakespeare.
Cicatrices de tintal y papel que cobran vida dentro del escenario, en el que cualquiera puede empatizar con el dolor del prójimo, ya sea en una sala de cine o a los límites de un telón que se cierra para dar paso al silencio.






